OPINIÓN / Las Plazas y el Conflicto

(Leonardo Olivieri) Parece ser que la polarización y la crispación es moneda corriente en muchas regiones del mundo. Sociedades cada vez más fragmentadas y divididas reflejan una realidad que se impone a sí misma. Una dinámica del conflicto latente, de la confrontación. Esta dinámica, de más está decirlo, tiene implicancias complejas para el presente y futuro de la Sociedad Civil en su conjunto.

Estas subdivisiones generan un estado social de equilibro precario con un horizonte de conflictividad latente, pero también son una señal de que la sociedad moderna y su mito de progreso para todos está llegando a su punto límite.  El bienestar no es para todos,  es más, existen diversas concepciones sobre lo que se considera bienestar. Pero estas diferencias conceptuales apuntan a una profundidad mayor del problema.

Lo que pone de manifiesto esta crispación es que no hay referencias simbólicas que puedan englobar la conflictividad y canalizarla en un bien superior. Para nada, no hay un rumbo cierto, sino distintos rumbos que conviven en una realidad deconstruida. Pareciera que el nihilismo se haya impuesto por sobre una humanidad errática en sus conceptos, valores y definiciones.

Este momento lo vemos en las plazas. Si, en las plazas, punto de referencia toda manifestación que se autodenomina popular. Es en la plazas donde  grupos de personas con problemáticas afines, se auto definen como pueblo, como totalidad. Sin embargo, eso es imposible, ya que no existe sólo una plaza, sino muchas plazas. Estás las de los que promueven puertos abiertos a la inmigración, los LGTB, los desocupados, los indigentes, los sindicatos, los que se sienten víctimas de la inseguridad, a los que le fueron confiscados sus ahorros, los que buscan frenar la inmigración, los que denuncian fraude electoral, etc.

Como vemos no existe una sola plaza. Pero, ¿a qué se debe esta fragmentación? ¿Es una cuestión del sistema económico y político mundial?, por decirlo de una manera más amplia. Obviamente que hay muchas causas que influyen en esta gran complejidad social que nos toca vivir. Pero una de ellas, que ya se nombró al pasar en este texto, es la ausencia de referentes simbólicos-valorativos, propios de la cultura Occidental.

Estamos ante un emergente de movimientos sociales que buscan una nueva revolución cultural. La revolución del cuerpo, del vivir como se quiere, del sentir, del  deseo y en donde se dice que los valores son constructos sociales tendientes a limitar la libertad y establecer una sociedad opresiva. Esta ideología de la deconstrucción es el reflejo de la incapacidad que tiene la sociedad occidental de salir de una trampa que ellas misma se impuso. El abandono de todo concepto trascendente, de toda idea ontológica de que hay algo más que lo puramente humano, fue vaciando lentamente y progresivamente la cultura occidental. Llegamos así a una sociedad de lo fugaz, de lo experimental y de la exacerbación del subjetivismo. El hombre se define a sí mismo, fuera de él no hay nada.

Ahora ¿qué pasa cuando ese hombre que se define a sí mismo, no logra definirse de manera  general? ¿cuándo también, hay definiciones antagónicas de sí mismo? Obviamente, la respuesta a esto es el conflicto. Con las plazas llenas de los que se autoproclaman pueblo y en contra de los otros, que no son el pueblo.

Desde esta lógica el otro, deja de ser una alter-ego, para transformarse en un enemigo, en lo anti-tético. En suma, el otro deja de ser el otro y en esta sociedad deconstruida los otros no son personas.

La pregunta sigue siendo por qué se llegó a esto, y también si hay una luz en el camino que nos posibilite encontrar una salida a esta posmodernidad del vacío. Esperemos que así sea y pasemos de una sociedad crispada en plazas a una sociedad donde lo trascendente nos unifique y nos defina como los que somos: seres humanos.